
Agarrada a un hueso y a un olor que se queda.
Verlos desde abajo sabiéndome el final
Pedir una mano que con dulzura me aparta, porque no,
porque el tiempo se ha deslizado ya entre nosotros
como lava espesa, imbatible,
con la fuerza que le da la firmeza de la tierra,
la física y sus leyes.
Sorber un labio, dos…beber la lágrima.
Saber de repente que no,
que ni el hogar, ni el pan, ni las arrugas,
y no estar para entonces.
Agradecer como un bálsamo tantas veces más,
como un niño que busca la caricia
sanadora y maternal.
Cuando vienes a mí en sueños,
cada vez que miro mis manos , las mías,
recuerdo la salida posible, la de la ternura.
Rocío Rosado